Raymon.
Paseábamos por las angostas y místicas calles de Chaouen descubriendo los rincones más encantadores de este pueblo de montaña. Los comerciantes sonreían con naturalidad invitándonos con insistencia a entrar en sus negocios. Su único objetivo era el de crearnos la necesidad de comprar sus artículos. Educadamente rechazábamos petición tras petición sin perder la compostura. En un instante durante la visita, presenciamos cómo un pudiente compatriota de mediana edad, sin prestar la menor importancia a su acto, repartía dos monedas a un par de niños que insistentemente solicitaban una limosna. Este tipo de acciones se multiplican en Marruecos, al igual que en otros países subdesarrollados. Es lo que se puede denominar “Lavar la conciencia”.
Pocos viajeros han recapacitado sobre lo que se está fomentando con este tipo de acciones. Cuando por sentirnos afortunados por nuestro estatus así como culpables por nuestra flagrante despreocupación por los más necesitados, caemos víctimas de favorecer a un niño o un tendero que solicitan con aflicción nuestra ayuda, lo único que estamos promoviendo es la mendicidad y las diferencias de clase entre los sectores gremiales. Nosotros lavamos nuestra conciencia, pero el rastro de dependencia que dejamos es muy difícil de reparar.
Muchas personas que viven en los países subdesarrollados, especialmente los adolescentes en edad escolar, están orientando la forma de ganarse la vida mendigando. Estamos hablando de causalidad en estado puro. Si aumentan el porcentaje de individuos que viven de la mendicidad, es que existen sujetos que participan activamente en el juego de dar limosna.
Un caso similar ocurre cuando el extranjero ofrece propinas desorbitadas que igualan incluso al precio del producto. O cuando se destinan sumas astronómicas a trabajadores locales por un servicio en discordancia con la remuneración establecida en el país. Seguir este tipo de acciones lo único que genera son las dobles economías, ya que se produce una desestabilización de los precios en detrimento de otras profesiones. Asimismo, los sustanciosos beneficios que genera este comportamiento, hablemos del sector turístico, propicia la reorientación de otros trabajos al sector turismo, generando una saturación de exigua calidad que deteriora el servicio en general. Por eso razón, a muchos de nosotros, nos sorprende que en Cuba un conductor que transporta turistas o un guía, lleguen a ganar tres veces más de lo que gana un cirujano o un especialista.
En las ciudades marroquís nos encontramos a niños con tan sólo 9 años que se ofrecen de guías, que al salir de la escuela nos acompañan a restaurantes para ganarse una pequeña comisión, que piden por las calles y a lo largo de la carretera, que utilizan las tretas más sórdidas para conseguir algún beneficio, e incluso llegan a lanzar piedras si no consiguen su cometido. Asimismo, proliferan los falsos guías no cualificados, además de los alojamientos que cobran precios que no corresponden a los servicios que ofrecen. Y así podría citar unos cuantos ejemplos más.
Llegamos a los destinos vacacionales del extranjero con mucho dinero pero con poco tiempo. No queremos problemas ni perder el tiempo. Tan sólo disfrutar plácidamente sin prestar atención a los daños colaterales que se originan debido a nuestro dispendio irresponsable. Llevamos años preservando este comportamiento que ha deteriorado no sólo el turismo sino la idiosincrasia de las naciones. No es de extrañar que al retornar de nuestras vacaciones tildemos de agobiante y cansino la avidez de los locales por pretender sacarnos el dinero a cualquier precio. Pues simplemente y llanamente estamos recogiendo la cosecha que hemos venido sembrando durante años.
Hay otras formas de lavar la conciencia. El viajar también exige compromiso y responsabilidad, y tenemos los medios y la información al alcance para promover un cambio de actitud.
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